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Aquellas maravillosas librerías

martes, 10 de marzo de 2015

Aquellas maravillosas librerías

En 2014 se cerraron 912 librerías en toda España, lo que significa que “echaron el telón” dos cada día. Con tan perverso dato, resulta inevitable no refrescar la memoria y remontarse a aquellos tiempos en los que entrar a un librería era, al menos para mí, una aventura maravillosa a la que uno estaba siempre dispuesto a apuntarse.

En aquel espacio abarrotado de libros de todos los colores y tamaños era posible encontrar casi cualquier cosa: novelas, poesías, ensayos, biografías…; en fin, un nutrido catálogo de títulos que alimentaban extraordinariamente nuestro saber y nuestro gusto por la lectura. Además, la persona que te atendía era capaz no solo de debatir contigo sobre cuál era la mejor novela de Benito Pérez Galdós, sino de recomendarte las últimas novedades en libros de poesía o de indicarte cuál era la edición más primorosa que había sobre arte Románico. Era lo que se dice un erudito de las letras, al que nada que estuviera impreso se le escapaba de su conocimiento, que luego sabía transmitirte con verdadero entusiasmo.

Con semejante panorama, como no creer que acomodarse en una librería era una experiencia única, en la que al olor inconfundible y penetrante del papel y de la tinta se unía la emoción de sentir la combinación de letras agrupadas en un verso, en un diálogo o en un relato. Todo resultaba apasionante en aquellos espacios dedicados a al valioso y muy noble arte de leer. Costumbre esta que, afortunadamente, muchos siguen conservando con mimo y dedicación, aunque para ejercer su loable práctica ahora tengan que encomendarse a las secciones de libros de los grandes centros comerciales, donde ya nadie sabe hablarte de Pérez Galdós y solo la base de datos de un ordenador consigue decirte qué título de tal autor está o no disponible.

Ojalá algún día seamos capaces de recuperar la sensatez y de ser conscientes de que hay cosas que no tienen precio, que están por encima de crisis económicas y especulaciones. Al menos en Madrid, que es la ciudad que yo conozco, siempre nos quedará, o eso espero, librerías como Fuentetaja, Antonio Machado, Arrebato o Visor, donde tuve el inmenso placer de descubrir los hermosos y gratificantes poemas de Salina, Celaya o Blas de Otero.

 

[José Molina]

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