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Del Capitán Trueno a Lawrence de Arabia. La apasionante aventura de leer

Del Capitán Trueno a Lawrence de Arabia. La apasionante aventura de leer

Muchos de aquellos a los que, de pequeños, nos volvían locos los tebeos, ya fueran de «El Capitán Trueno», «Roberto Alcázar y Pedrín», «El Jabato», «Hazañas bélicas», «El Guerrero del Antifaz», «Sissi», «Azucena» o «Pulgarcito», que para todos los gustos había, poco a poco, casi sin darnos cuenta, nos fuimos enganchando al «saludable hábito de leer». Y el recorrido fue largo y fructífero, como es fácilmente demostrable. De hecho, para algunos aún sigue activo, lo que es mucho más de agradecer todavía.

Así, a medida que fuimos cumpliendo años y atravesando etapas de nuestra vida, o sea, de la infancia a la adolescencia y, más tarde, a la juventud y a la madurez, por nuestras manos fueron pasando historias, relatos, aventuras y desventuras en forma de cuentos, revistas o libros, que nos ofrecían emociones, sonrisas, miedos, alegrías, reflexiones y hasta alguna que otra lágrima, quizá como algunos de los libros que, todavía hoy, solemos coger de vez en cuando entre nuestras manos.

Tal vez, o mejor, seguramente, nuestra primera etapa de todo ese denso «trasiego literario» fue la que vivimos al traspasar la frontera de la infancia a la adolescencia. Fue el momento en que empezamos a sentir que se nos habían quedado cortas las hazañas del Capitán Trueno y compañía, así que muchos comenzamos a pensar qué queríamos exactamente y dónde podríamos encontrarlo. Las opciones no eran muchas, desde luego, pero en nuestra búsqueda del «tesoro escondido» no tardamos demasiado en sentirnos atrapados por aquellos maravillosos libros de la serie «Clásicos juveniles», que, según constaba en ellos, estaban publicados por la Editorial Bruguera y formaban parte de la colección «Historias Selección». Con unas ilustraciones fantásticas, que hacían que las historias de cada libro fueran mucho más atractivas, y unas portadas que nos llamaban la atención, aquellos «clásicos» se convirtieron enseguida en nuestra mejor compañía.

«Miguel Strogoff», de Julio Verne, «La isla del tesoro», de R. L. Stevenson, «Ivanhoe», de Walter Scott, «Buffalo Bill», de W. O’Connor, «Moby Dick», de H. Melville...

P. D.

Aunque cueste decirlo, lo de la distinción de sexos aún era «materia reservada», así que también en cuestiones de lectura la diferencia entre unos y otros era notable. Quiere ello decir que mientras, salvo excepciones, los adolescentes y jóvenes leían algunos de los libros antes citados, las adolescentes y jóvenes, también salvo excepciones, se decantaban más por «Mujercitas», de L. M. Alcott, «Las aventuras de Sissi», de M. Hensen, «El lago de los ensueños», de Juana Spyri o «La pequeña Dorrit», de Ch. Dickens. Cosas de aquellos tiempos que, por desgracia, todavía parecen seguir formando parte de nuestra rutina cotidiana.

José Molina

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