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El apasionante mundo de las máquinas de escribir

El apasionante mundo de las máquinas de escribir

Cuando, a comienzos de los años 60, mi padre compró su primera máquina de escribir, una preciosa «Smith–Corona» negra de segunda mano —que aún conservo— encajada en un gran estuche con dos cierres metalizados, empecé a no comprender muy bien por qué, mientras tanto, en el colegio seguía haciendo, plumilla en mano, tintero y secante, cuidadosos ejercicios de caligrafía, que costaban un horror terminar sin que se te cayera una sola gota de tinta. «¿Para qué?», me decía. «Con lo fácil que es introducir una hoja de papel blanca y empezar a darle a las teclas para escribir lo que quieres», una reflexión, como es fácil deducir, de gran «calado psicológico».

Aunque, para ser sinceros, no me arrepiento de que en el colegio me enseñaran a escribir a mano «con buena letra», a pesar de que con el transcurrir del tiempo la buena letra fuese derivando a «regular» y finalmente a «mala», parece bastante razonable que, por aquel entonces, empezara a cuestionarme esta aburrida actividad académica si, a partir de ahora, podía contar con una «moderna» máquina de escribir, en la que todo resultaba mucho más fácil, y con la que hasta se podían hacer copias empleando un papel calco —también denominado carbón—, lo que facilitaba mucho la tarea, fuera la que fuese.

Si acaso, lo más laborioso fue aprender a utilizarla, es decir, a saber dónde estaba situada cada tecla y cómo había que proceder para pulsarlas todas utilizando convenientemente los diez dedos de ambas manos. Para ello, mi padre, que enseguida captó mi denodado interés por aparcar la plumilla y ponerme a maniobrar la Smith–Corona, me compró un práctico manual de aprendizaje con el que compartí tardes enteras, hasta que milagrosamente dio sus resultados; o sea, que ya podía escribir casi cualquier cosa, aún con una pasmosa lentitud, eso sí, pero al menos utilizando adecuadamente todos los dedos, y no solo los índices de cada mano, como algunos aprendieron a hacer.

«¡Qué maravilla!», pensé cuando por fin rellené la primera hoja en blanco escribiendo con la máquina de escribir, aunque la euforia duró poco. Lo justo hasta que me di cuenta de la gran cantidad de errores que había cometido y de que la única manera de subsanarlo era volver a repetir el escrito. Y así una y otra vez…, hasta que finalmente logré una copia ilesa, es decir, sin una sola falta ortográfica.

Por suerte, en esta apasionante aventura en que se convirtió escribir a máquina, pronto se fueron sucediendo métodos para subsanar los errores gramaticales cometidas, como la famosa goma de borrar, el «Tipp-ex» líquido que borraba que era un contento o el corrector de plástico Dissol-Tipp, que en realidad eran unas hojitas pequeñas que también ayudaban a enmendar errores. Bueno, y alguna que otra herramienta borradora más, hasta que, por fin, salió al mercado la máquina de escribir con «¡tecla correctora!», que entonces me pareció una de las grandes revoluciones tecnológicas del siglo, porque lo de la aparición de la cinta para máquina de dos colores, negra y roja, lo celebré con entusiasmo, pero bastante comedido.

Claro que aquello no fue todo. En cuanto me despisté un poco y, mientras seguía ensimismado con la tecla correctora de la nueva máquina Olivetti con la que había sido imprescindible sustituir a la obsoleta Smith–Corona, voy y me entero de que está a punto de salir a la venta una máquina de escribir «¡eléctrica», que debía ser lo más de lo más.

En fin, otra pequeña revolución que, como tantas otras, contribuyó a seguir narrando la apasionante historia de las máquinas de escribir, que, durante unas cuantas décadas, nos hicieron una compañía impagable, y sin las cuales nuestra «biografía literaria» no hubiera sido la misma. Vistas así las cosas, quién nos iba a decir entonces que un buen día, como el que abandona a su mascota en verano, tendríamos que aparcar para siempre nuestra máquina de escribir porque había nacido una nueva criatura, al parecer mucho más eficaz y moderna, a la que habían puesto de nombre «computadora».

¡Madre mía! Todavía, cada vez que entro en el salón y veo la Smith–Corona que tengo de adorno en una estantería, vuelvo a recordarlo casi se me saltan las lágrimas de la emoción.

José Molina

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