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El mágico caleidoscopio

El mágico caleidoscopio

No quiero ni imaginarme el impacto de proporciones estratosféricas que nos hubiera producido, cuando éramos niños, el haber podido tener acceso a una Tablet, un iPhone o una PlayStation. Y lo digo con pleno conocimiento de causa, porque nos bastó un simple caleidoscopio para sentir que, de pronto, habíamos descubierto una de las grandes maravillas de la historia de la humanidad.

Aclaro, caleidoscopio, o sea, dícese del «instrumento óptico que consiste en un tubo con dos o tres espejos inclinados y cristales de colores en su interior, dispuestos de tal manera que si se mueve el tubo y se mira en su interior por uno de sus extremos, se pueden ver distintas figuras geométricas simétricas», como bien he podido leer en internet, pero cuya fuente ahora no recuerdo.

Pues ese sencillo objeto circular llamado «caleidoscopio», que podría ser catalogado como «visual», y que si mirabas por su visor podías descubrir extrañas figuras en continuo movimiento de todos los tamaños y colores, casi con aspecto psicodélico, nos dejó sencillamente atónitos. Para muchos era simple y llanamente un truco de magia; para otros, alguna película diminuta metida dentro del tubo; para otros, los supuestamente más sensatos, un efecto visual producido gracias a un dispositivo que ponía en movimiento piedras de distintos colores; por último, para los más «puestos al día», un aparato alucinógeno que, al acercarte a él, producía los mismo efectos que el LSD, algo que, según habían oído, utilizaban muchos hippies cuando iban a guateques.

Teorías al margen, todas ellas de poco calado científico, los cierto es que estábamos locos por tener un caleidoscopio, a ser posible por aquel en el que se vieran imágenes los más increíbles posible, para poder estar largo tiempo mirándolas, como si dentro de aquel diminuto tubo hubiera un mundo mágico desconocido.

En todo caso, si la insistente pregunta «¿me compras un caleidoscopio?» no obtenía respuesta, siempre estaba la opción de intentar hacer uno. Y sé de buena tinta que algún amigo logró hacer uno realmente chulo. En mi caso, a lo más que llegué fue a construir uno con el canuto de cartón de un rollo de papel higiénico. Dentro de él se introducían pequeños trocitos también de cartón y, acto seguido, se envolvía con un pañuelo no muy opaco. Se agitaba y al trasluz podían verse diminutas figuras medio en sombras, solo eso. ¡Un absurdo total! Pero si no había otra cosa, tenía que conformarme con tener mi «caleidoscopio casero».

José Molina

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