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«Filminas Don Bosco»

«Filminas Don Bosco»

En su libro «Memorias de un antihéroe» (Editorial Renacimiento, Sevilla 2007), Javier Salvago describe perfectamente qué era aquello de las filminas Don Bosco, de las que fuimos asiduos testigos los que estudiábamos en colegios salesianos, que no éramos, y continúan siendo, pocos. «Durante los ejercicios espirituales —dice Salvago— se multiplicaban las sesiones de filminas, una especie de diapositivas que se proyectaban sobre la pared o sobre un lienzo, invariablemente con música de la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Antonin Dvorak. Las filminas contaban la historia y milagros de Don Bosco, que así llamábamos a San Juan Bosco, nuestro santo patrón, y de Santo Domingo Savio, el santito del que todos debíamos tomar ejemplo. También el contenido de las filminas solía ser tétrico, aunque se pretendía que tuvieran un final si no siempre feliz, al menos ejemplar».

Tranquilos porque no es ni el momento ni el lugar de ponernos a hablar ahora de ejercicios espirituales, ni de Don Bosco, ni de mi experiencia en un colegio salesiano, pero este escueto prefacio me sirve de estupenda excusa para recordar el «apasionante mundo de las filminas», que en aquellos tiempos muchos contemplábamos embelesados —quizá el término «embelesados» sea excesivo—, a pesar de que nuestra experiencia cinematográfica era más que notable.

Aunque llegamos a ver las filminas con naturalidad, realmente tardamos en saber qué eran con exactitud y cómo era el aparato con el que podían proyectarse en una pared o en una pantalla de cine —solo un inciso para hacer constar que entonces aún desconocíamos la existencia del «Airgamcolor». Era, como sucedía con tantas cosas entonces, la curiosidad por conocer cualquier artilugio nuevo y la facilidad con la que nos sorprendíamos ante cualquier cosa, ya fuera grande o minúscula.

Para los que en aquel tiempo, o en tiempos posteriores, nunca asistieron a una sesión de filminas y, más aún, nunca supieron que existían, mejor será ponerles al día acudiendo, cómo no, a la imprescindible Wikipedia, que apunta lo siguiente: «La filmina era un formato común de imagen fija multimedia, utilizado antiguamente por los educadores en las escuelas de primaria y secundaria. […] Una filmina es un rollo de 35 mm de película positiva, con un contenido promedio de treinta a cincuenta imágenes, dispuestas en orden secuencial. Se debe insertar verticalmente de arriba hacia abajo en una abertura frontal del proyector, de forma parecida a una película de 16 mm, en lugar de insertarla horizontalmente como en un proyector de diapositivas».

¿Queda claro? Tanto si es afirmativa como negativa la respuesta, lo que es evidente es que el interés por la filmina nos llevó directamente a interesarnos por la diapositiva, que para aquellos a los que nos encantaba la fotografía fue todo un descubrimiento. Y en él anduvimos enfrascados largo tiempo, contemplando embelesados —esta vez sí— aquellas imágenes que no era necesario ver en papel, sino que se podían proyectar en la pared de casa o ver al trasluz con una calidad asombrosa.

Y a ese embelesamiento estuvimos agarrados largo tiempo hasta que, como en una aparición divina, descubrimos que había un nuevo artilugio llamado «cámara digital» que, por lo que decían los que ya la conocían, borraba de un plumazo filminas, diapositivas, negativos, fotos en papel, proyectores… y recuerdos.

José Molina

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