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Grandes clásicos de la literatura española. ¡Y tan clásicos!

Grandes clásicos de la literatura española. ¡Y tan clásicos!

Nuestro profesor de Lengua y Literatura española de segundo de bachillerato, como quizá otros docentes de idéntica materia en otros colegios, instauró nada más inaugurado el curso académico la «malsana» costumbre, o al menos así lo veíamos entonces, de leer en cada clase algún párrafo de alguna de las obras de los grandes autores clásicos de nuestras literatura. Pero no contento con ello, también decidió cada viernes «regalarnos» una de esas obras para su obligada lectura el fin de semana. Así que, poco antes de terminar la clase, ante nuestra atónita mirada, colocaba sobre su mesa una montaña de libros apilados, de tal modo que antes de salir teníamos que pasarnos por ella para recoger el libro que nos tocara en suerte. Desde luego, aquella rutina de los viernes acabó por convertirse en una especie de «bazar de las sorpresas», porque nunca se sabía con qué clásico te encontrarías, y qué cuerpo nos dejaría leyéndolo ese fin de semana.

La verdad es que hasta que le cogimos el tranquillo a lo de leer aquellos autores tan clásicos, porque a lo más lejos que muchos habíamos llegado era a enfrascarnos en las apasionantes aventuras de Julio Verne, Karl May, Louise May Alcott, Emilio Salgari, Charles Dickens, Mark Twain o J. L. Stevenson, tratábamos de disfrutar con los textos que leíamos en clase, y que poco o muy poco tenían que ver con los que luego nos esperaban el fin de semana. Y hay que reconocer que algunos de ellos nos encantaban. Por ejemplo, nos divertía mucho recitar con grandilocuencia la «Canción del pirata» de José Espronceda. Sí aquellos versos que nos aprendimos de memoria y que decían:

«Con diez cañones por banda,
viento en popa a toda vela,
no corta el mar, sino vuela,
un velero bergantín:
bajel pirata que llaman
por su bravura el Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín […]».

Desde luego, mal tampoco estaban las «Coplas por la muerte de su padre» de Jorge Manrique, aunque a estas había que darles un énfasis más compungido, como el tema lo merecía, cuando recitábamos lo de:

«Recuerde el alma dormida

avive el seso y despierte

contemplando

como se pasa la vida

como se viene la muerte,

tan callando.

Recuerde el alma dormida

avive el seso y despierte

contemplando

como se pasa la vida

como se viene la muerte,

tan callando […]».

Ahora bien, de todo aquello podíamos olvidarnos cuando el viernes, al coger el libro al terminar la clase, podías encontrarte con «El Conde Lucanor», de Don Juan Manuel, «El Buscón», de Francisco de Quevedo, «El alcalde de Zalamea», de Pedro Calderón de la Barca, «El Diablo Cojuelo», de Luis Sánchez de Guevara, «Don Gil de las calzas verdes», de Tirso de Molina, «De los nombres de Cristo», de Fray Luis de León, «El Lazarillo de Tormes», anónimo, «Soledades», de Luis de Góngora y Argote, o las «Novelas ejemplares«, de Miguel de Cervantes, por citar solo unas cuantas. O sea, una dura y pesada carga para el fin semana, o así nos parecía al principio, hasta que, poco a poco, a fuerza de ir leyendo toda aquella retahíla de obras clásicas, a muchos nos fueron gustando, y de qué manera, hasta el punto de que, en nuestro hábito de lectura diario, acabamos alternando a Emilio Salgari con Quevedo o a Julio Verne con Cervantes. Cosas de experimentar la saludable costumbre de leer, que nos atrapó tanto, que ya nunca más dejó de acompañarnos a lo largo de nuestra vida.

José Molina

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