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Del «picú» al «comediscos»

lunes, 7 de mayo de 2018

Del «picú» al «comediscos»

Para poder empezar a escuchar aquellos discos pequeños con los éxitos del momento que tanto nos gustaban, y que comprábamos como si formaran para esencial de nuestra existencia, era evidente que necesitábamos algún sencillo «picú» (transcripción a la española del término inglés «pick-up»), como entonces solía llamarse, antes de que finalmente se le diera la denominación generalizada de «tocadiscos», aunque también podrían haberse utilizado los términos «giradiscos», «tornamesa» o «fonochasis».

Nos conformábamos con uno pequeño, de esos que solo podían reproducir discos de 45 rpm. ¿Para qué más si aún no teníamos discos grandes, o sea, los de 33 rpm, y pensábamos, ilusos de nosotros, que nunca los tendríamos? Así que comenzaba entonces la operación «compradme un “picú” (perdón, tocadiscos)» en mi cumpleaños, en mi santo, en reyes…, o cuando buenamente se pueda. Por lo general, a base de insistir y acabar siendo muy cansinos, por fin podíamos tener nuestro anhelado «picú» (perdón de nuevo, tocadiscos) y escuchar cuando quisiéramos los discos que celosamente teníamos guardados y que podría decirse que eran nuestro más preciado tesoro.

El problema fue surgiendo cuando, de pronto, nos dimos cuenta de que también eran fantásticos los LP, es decir, los álbumes de nuestros cantantes y grupos favoritos, porque solían tener doce o más canciones, y algunas de ellas ni siquiera las habíamos escuchado antes. Y así fue la cosa, de modo que poco tardó también en activarse otra operación, conocida como «necesito un tocadiscos más grande —ya el propio tamaño hacía olvidar lo de «picú»—, para poder escuchar los discos grandes que tengo». El proceso de insistencia era el mismo, y el resultado por lo general también. Conclusión: ya podíamos «pinchar» los LP en nuestro flamante tocadiscos que también podían ir a 33 rpm. ¡Qué alivio!

Bueno, alivio lo que se dice alivio, porque, y aquí venía la duda, ¿y si queríamos ir a casa de un amigo o amigo para escuchar discos y aún no había concluido su operación «cómprame un tocadiscos» o simplemente quedar en la calle con los amigos o amigas? Pues, según las últimas informaciones, acaba de salir un aparato revolucionario llamado «comediscos», que era como un tocadiscos portátil que podía llevarse colgado, así que podías ir con él a todos sitios. Disponía de una ranura lateral por la que metías el disco —pequeño, por supuesto— y milagrosamente empezaba a escucharse. ¡Eso sí que era lo último! «Quiero un “comediscos” ya», era la primera frase que se te venía a la cabeza en cuanto descubrías la existencia de este milagroso artilugio, así que, no hace falta decirlo, a poner en marcha otra nueva operación, cuya denominación, nudo y desenlace ya no merecen la pena relatar.

 José Molina

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