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La «chanson française»

La «chanson française»

Amén de cantantes nacionales y de habla inglesa (inclúyanse en este apartado básicamente británicos y estadounidenses), ya desde la década de los 50 a los españoles nos gustaban especialmente —la razón ya queda fuera de mi jurisdicción— los italianos, de los cuales ya hemos hablado en alguna otra ocasión. Y para demostrarlo, hay estaban, por ejemplo, Peppino di Capri, Jimmy Fontana, Nicola Di Bari, Mina, Domenico Modugno, Bobby Solo, Rita Pavone, Gino Paoli, Gigliola Cinquetti, Pino Donaggio, Iva Zanicchi, Adriano Celentano y Paty Bravo, entre otros.

¡Pero, ojo, porque si los italianos nos encantaban, los franceses —o digamos, los que cantaban en francés— «nos enamoraban»! Tampoco tengo argumentos sólidos para explicarlo, pero lo cierto es que sus canciones, seguramente más melódicas y románticas, nos encandilaban, fuera cual fuese el sexo del receptor. Entre las chicas, por ejemplo, el que causaba auténtico furor era Salvatore Adamo, o mejor, Adamo, a secas, un cantante italo-belga al que le costó poco aterrizar en nuestro país y montar la de San Quintín. Le bastó entonar con esa dulzura especial que tenía un puñado de canciones —todas versionados también es español—, como «Cae la nieve» («Tombe la neige»), «Tu nombre» («Ton nom»), «Un mechón de su cabello» («Une meche de cheveux»), «La noche» («La nuit»), «Mis manos en tu cintura» («Mes mains sur tes hanches»), «Porque yo quiero» («Car je veux»), «Ella...» («Elle»), «Inch'allah» y «Es mi vida» («C'est ma vie»), para conseguir que una legión de jóvenes y adolescentes suspiraran perdidamente por él.

A cierta distancia, pero sin posibilidad de alcanzar el liderato que ostentaba Adamo, andaba Johnny Hallyday, quizá más apto para espíritus más roqueros, pero que también conquistó a un buen número de fans, especialmente con sus particulares versiones de canciones famosas, como «Viens danser le twist», o sea, el «Let’s Twist Again» que interpretaba Elvis Presley.

Entre los chicos, la cosa desde luego cambiaba por completo, de modo que sus suspiros iban directamente dirigidos a cantantes como Françoise Hardy, que arrasaba con temas como «Tous les garçons et les filles» y «Le premier bonheur du jour»; France Gall, sí, la que ganó el Festival de Eurovisión de 1965 con «Poupée de cire, poupée de son» («Muñeca de cera» en su versión española); Marie Laforet, de la que era difícil no enamorarse cuando miraba con esos ojos verdes mientras interpretaba «La plage» o «Vendanges d'amour», y, por supuesto, Sylvie Vartan, «la novia de los jóvenes franceses», como era conocida entonces, que nos dejaba atolondrados escuchándola cantar «Panne d’essence», «Comme un garçon» o «La plus belle pour aller danser». Lástima que de pronto, en 1965, decidiera casarse con Johnny Hallyday, y dejarnos con la miel en los labios.

Y hasta aquí el apartado juvenil, porque ya en edades o espíritus más maduros, la lista de cantantes franceses favoritos podría completarse con algunos tan inolvidables como Gilbert Becaud, Christophe, Charles Aznavour, Alain Barrière, Hervé Vilard, Jacques Brel, Yves Montand, Charles Brassens, Charles Trenet y, por supuesto, la gran Edith Piaf, que consiguió que sintiéramos «la vida en rosa». Ya de Serge Gainsbourg y Jane Birkin mejor no hablamos, no vaya a ser que se nos suba a la  cabeza el «Je t'aime moi non plus» y la liemos parda.

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