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Cuando envejecen nuestros padres

Tus padres y tú: un rol difícil

Tus padres y tú: un rol difícil

Que nuestros padres puedan envejecer a nuestro lado, si ello es posible, puede ser una oportunidad excelente para devolver, solo en una mínima parte, lo que ellos hicieron por nosotros. Si podemos ayudarlos sabiendo cómo hacerlo y cómo ha de ser nuestra actitud más positiva, este inevitable proceso será mucho más llevadero para todos.

Un mal día, por causa de un accidente o enfermedad, o bien por un deterioro físico o mental de larga duración, aquellos padres fuertes, sobre los que nos apoyamos en la infancia, pierden su autonomía y dependerán de nosotros para poder vivir.

Esta es una circunstancia que afecta a todos: al cuidador, a la familia y, también, al propio anciano.

¿Cómo vive esta experiencia el cuidador?

Afrontar la situación de dependencia de nuestros padres provoca muchas reacciones, que pasan por diferentes fases:

- Negación. «Esto no puede estar pasándome a mí». Aunque racionalmente sabemos que ese día llegará, no es fácil aceptarlo. El niño que llevamos dentro desea que ellos no sufran y que todo vuelva a ser como antes. Julia (45 años), casada y con un trabajo estresante, se encontró súbitamente con una madre inválida como consecuencia de un derrame cerebral. Julia creyó que no era grave y que su vida continuaría como antes. No fue consciente de las dificultades reales hasta que tuvo que llevársela a su casa. La negación del problema dificultó la relación entre ellas.

- Confusión. Una vez que el problema está presente y no hay escapatoria ni posibilidad de negación surgen las dudas: ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo podré atender a mi padre o a mi madre? ¿Con qué medios cuento? ¡Si no tengo tiempo, ni dinero, ni espacio! Se producen reacciones que van desde la hiperactividad a la pasividad o bloqueo, además de tener pensamientos obsesivos que impiden encontrar soluciones.

- Caos emocional. La involución de nuestros padres provoca una catarata de sentimientos contradictorios. Cuando ya no fue posible negar la situación, Julia empezó a ponerse muy nerviosa, irritable, llegó a pensar que su madre llamaba la atención como si fuera una niña. Salía de casa enfadada y, cuando llegaba a su despacho, se ponía a llorar.

La frustración es un sentimiento frecuente. «¿Por qué a mí en este momento?». Es normal debatirnos entre la rabia y la culpa. Por un lado amamos a nuestros padres, pero no soportamos que estén enfermos y sean dependientes. Dudas, miedos, sobre todo hacia el futuro. ¿Qué va a pasar? ¿Cuánto tiempo? Esencialmente se tiene miedo al sufrimiento, tanto nuestro como del ser que amamos. La frustración nos convierte en intolerantes y críticos; sufrimos y hacemos sufrir.

- La depresión. Para Julia, llegó un momento en que la lucha entre la frustración y la culpa la llevó a la depresión. No tuvo más remedio que ir al psiquiatra, quien le recomendó acudir al psicólogo para hablar de sus problemas y dudas; tuvo ocasión de desahogar sus sentimientos, tanto positivos como negativos y ocultos.

La aceptación da paso a la ternura. El psicólogo ayudó a Julia a despedirse de la madre que fue y ya no es ni será jamás. Decir adiós es duro, pero, tras la aceptación, el miedo y la rabia desaparecen, dando paso a la expresión del cariño, reconocimiento y agradecimiento. A partir de aquí, todo fluye de forma natural.

Francisco (58 años). «Yo era competitivo con mi padre. Él era un hombre fuerte, muy culto. Un día tomé consciencia de su involución, y no volví a discutir con él. Poco a poco le fui viendo como a un niño y cada vez sentía más ternura por él. Cambiaron los papeles y me convertí en un padre, cuidándole lo mejor que pude, y, cuando todo acabó, a pesar de la tristeza, me sentí bien conmigo mismo. Recuerdo todo aquello con sensación de amor y bienestar».

Todas estas fases que hemos visto son normales, le pasa a todo el mundo. No se es un mal hijo por estar confuso o no saber cómo actuar. Lo verdaderamente importante es llegar a la aceptación lo más rápidamente posible, pues esta fase facilita encuentros preciosos llenos de amor y ternura. Mirar con serenidad la posibilidad de la pérdida, asumir que pronto ellos nos van a dejar para siempre es un paso importante para valorar el presente y es una oportunidad para rescatar escenas positivas del pasado, intercambiar frases amorosas y de agradecimiento.

¿Cómo lo vive la familia?

Son tiempos en los que la familia se pone a prueba. Todo el sistema familiar se ve afectado y pasa por fases parecidas a las del propio cuidador. Los hijos se enfrentan a la enfermedad del abuelo/a y pueden no estar preparados. Para la pareja, es una carga más, que puede estar agravada por las antiguas desavenencias o sentimientos negativos. Se debe asumir el cuidado de nuestros padres, pero también se deben repartir las tareas entre los hermanos si los hay y si pueden. Hace falta buena voluntad por parte de todos de forma integral.

Cuando ya no se valen por sí mismos, las manifestaciones de amor son tan importantes como la atención física.

Teresa (40 años), además de estar abrumada por el trabajo, vive con su madre diabética, quien poco a poco ha ido sufriendo un deterioro físico irreversible. Esta situación exige cuidados especiales. Estuvo hiperactiva, confusa y agotada. Un día tomó conciencia de que era más agradable acariciar y abrazar a su madre que protestar. Ahora dice cosas como: «A pesar de lo duro que es enfrentarme a su enfermedad, esta circunstancia nos ha dado la oportunidad de expresar lo mucho que nos queremos, y esto compensa todos los sinsabores».

Si no se los puede atender en casa, por razones diversas, es bueno pedir ayuda, buscar una residencia que cuide adecuadamente todas las necesidades básicas, pero además es imprescindible rodearlos de amor y compañía.

¿Qué piensa y siente el propio anciano?

Una de las actitudes negativas que solemos tener es creer que han perdido la capacidad de decidir. La persona mayor (65 años) tiene un largo recorrido hasta la incapacidad absoluta o hasta llegar a la gran vejez (90 años o más). Mientras no se demuestre lo contrario, piensan, deciden y, sobre todo, sienten.

Martín (85 años) tiene hemiplejia por derrame cerebral. Necesitó atención intensiva al principio. Pasó por el estupor, la negación, rabia, desesperación, depresión, miedo, además de una inmensa culpa por ser un estorbo, una carga para su hija. Temía dar miedo a sus nietos cuando le vieran paralizado. Lloraba en silencio porque sabía que le tenía que decir adiós a la vida de antes. Tenía que disimular para que nadie le viera triste. Necesitando ayuda, no se dejaba ayudar, pues no quería que participaran en su desgracia. Él sólo quería «dejar de dar la lata».

Cuando llegó a la fase de aceptación, dejó de revolverse contra su destino. Empezó a fijarse en lo que había a su alrededor: unos hijos que le quieren, le cuidan y acompañan. Pudo, así, hablar con ellos, reconocer sus virtudes, decirles cosas positivas, darles ánimo para que siguieran adelante; hablarles de los sentimientos positivos que los padres sentimos por los hijos. Así Martín dio y recibió amor, cerrando el círculo con la sensación de bienestar y de conciencia tranquila.

¿Cómo ayudar cuando todavía se valen por sí mismos?

Primero: actitud preventiva. La ayuda no solo puede circunscribirse a las últimas etapas de la vida, podemos orientarlos hacia un envejecimiento activo, positivo que les permita tener una buena calidad de vida el mayor tiempo posible. Pero también respetando su ritmo y sus decisiones.

Visitar al geriatra. Los chequeos pueden evitar sustos y facilitar el cuidado más conveniente.
Mejorar los hábitos de vida. Nunca es tarde para empezar a hacer ejercicio físico, cuidar la dieta, eliminar totalmente el alcohol y el tabaco, dormir 7 horas, tener aficiones y actividades lúdicas.
Cuando nuestros padres dejan el trabajo, porque se han jubilado, deben seguir fomentando las relaciones sociales, el trabajo voluntario y, para prevenir el deterioro mental, «intentar aprender cosas nuevas».

¿Cómo ayudar cuando ya están enfermos o son muy ancianos?

Casos concretos:

«Mi madre lo olvida todo»

La madre de Myrian tiene 78 años y está pasando por las primeras etapas del Alzheimer y sus pérdidas de memoria son considerables. Myrian se desespera porque tiene que repetir, una y otra vez, las mismas cosas y no es capaz de entender que es inútil.

¿Qué hacer?

Existen centros de día especializados en el cuidado y atención de estos enfermos. Por otro lado, Myrian debe ser ayudada por especialistas que le hagan comprender cómo es esta enfermedad y cómo sobrevivir a ella, por lo que el apoyo psicológico es imprescindible. Los estudios neurológicos precoces son importantes a la hora de detener el proceso degenerativo del cerebro. Por ello se debe acudir al neurólogo en cuanto aparecen los primeros síntomas.

«Mi padre se ha caído varias veces»

Lo primero es conocer el motivo de las caídas. Pueden detectarse enfermedades cardiacas o neurológicas. El médico tiene que observar cómo es el estado del aparato músculo-esquelético, el estado de sus pies, observar si aparecen alteraciones en el equilibrio o si hay otras lesiones de vista y oído. Detectar la influencia de medicamentos como sedantes o hipnóticos.

¿Qué medidas tomar?

Con el diagnóstico podremos saber cuál puede ser la solución a nivel físico, pero también procurar que la casa no tenga un suelo deslizante, evitar las alfombras, eliminar los muebles bajos, colocar puertas correderas en muebles y armarios, etc. Procurar que utilicen un calzado que sujete el pie correctamente y llevarle al podólogo. Si es necesario, debe utilizar un bastón o un andador y hacerse revisar la graduación óptica.

«Mi padre está muy triste»

César (62 años) se desespera cuando observa a su padre triste, sentado en su butacón sin querer salir de casa.
La depresión es desesperante tanto para el que la padece como para los familiares. Tenemos que hacer un esfuerzo por comprender que es una enfermedad y, como tal, hay que tratarla. Es imprescindible acudir al psiquiatra en primer lugar, pues deberá medicarle. Por otro lado, debemos respetar su dolor y su silencio y comprender que no está así porque quiere.

¿Qué hacer?

En ocasiones, los familiares deben ir a un psicólogo para poder recibir apoyo y consejos de cómo ayudar al enfermo.

Es imprescindible estar a su lado sin hacer nada especial, porque es más curativo una caricia, un abrazo, una frase de amor que cualquier discurso. Vigilar que se tome la medicación y, cuando se observen los efectos positivos, intentar que salga a dar paseos, visitar amigos, ocuparse de alguna tarea, aunque al principio no quiera o no tenga mucho ánimo. Pero, por encima de todo, no olvidar recordarle que se le quiere y que la familia le está agradecida.

¿Cómo debemos cuidarnos los cuidadores?

Cuando nos enfrentamos a las severas consecuencias de las enfermedades de nuestros padres y la necesidad de atención va aumentando progresivamente, debemos tener claro que, si queremos ayudarlos, debemos hacer lo posible para estar bien, alegres, fuertes, capaces. Ellos lo percibirán y nos lo agradecerán.

Por mi experiencia puedo afirmar que todas aquellas personas que han acompañado y facilitado todos los recursos posibles a sus padres, ya sea en sus casas o en residencias especializadas, se sienten profundamente orgullosas por sus acciones, superan fácilmente el duelo, recuerdan a sus familiares con amor y alegría y, lo más importante, se sienten con el deber cumplido y la conciencia tranquila.


Lo que hay que evitar

Dejarnos presionar

María José decidió cuidar de su madre. Cada vez que María José tenía que salir a realizar cualquier actividad, la madre la reclamaba, e incluso la chantajeaba, para que no se separara de ella ni un minuto. En ocasiones los ancianos se vuelven infantiles y egoístas. Es preciso ponerles un límite claro y, aunque en un principio se enojan, saben adaptarse a las situaciones mucho mejor de lo que creemos. Necesitamos paciencia y muchas dosis de cariño.

Creernos Supermán

Luisa (54 años). Su padre sufrió un grave accidente y está postrado en la cama. No permitió que sus hermanos la ayudasen: «Nadie le cuidará mejor que yo». Perdió 15 kilos y, a consecuencia de su actitud, padeció de anemia y hubo que hospitalizarla.

Dejarnos abatir por la desesperanza

Uno puede morirse de pena, pero eso no cambia el proceso. No queda más remedio que aceptar las cosas como son. Esto nos permite ser testigos serenos de lo inevitable y dejar de pelear. Hay que evitar que nuestra energía se convierta en algo negativo, destructivo e inútil; la necesitamos para hablar, acariciar, abrazar, sonreír y extraer del pasado todo lo bueno que vivimos con nuestros seres queridos.

Negarnos la posibilidad de disfrutar o desconectar

Mercedes (38 años). Iba a ser su cumpleaños y su padre estaba en el hospital por un infarto de miocardio. Ya había pasado el peligro pero no tenía ganas de celebrar nada. Su marido organizó una fiesta sorpresa. Cuando llegó a casa, la familia se empeñó en alegrarla un poco. Pero ¿cómo iba a disfrutar si su padre estaba en el hospital? Se amargó y amargó a todos. Nos debemos preguntar: Si fuéramos nosotros los que estamos en esa situación, ¿nos gustaría ver a nuestros hijos sufriendo?

Mentirles

Decir la verdad sobre su estado de salud depende de cada uno, es una decisión muy delicada. Habrá personas que estén dispuestas a escuchar la verdad, otras la oirán y no la aceptarán o la negarán, y otras creerán que somos crueles por ser sinceros. Pero al final es bueno saber. Es bueno arreglar papeles, asuntos familiares, temas sin resolver, antiguas deudas, decir «lo siento». Los asuntos sin resolver no dejan descansar. Tal vez el secreto es observar y dar la información que nos pidan en el momento en que el enfermo o anciano está capacitado para saber la verdad.


Victoria Artiach Elvira. Psicóloga-psicoterapeuta.

Comentarios (3)

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Martha
26 enero 2016 13:54

Tengo a mi padre de 88 vivió con mi hermana a la q dice q le falta el respeto con la mirada, cuando tenía yo 21 vi cómo le faltó el respeto a mi otra hermana besándola a fuerzas en la boca pero él nunca le pidió perdón, ahora tengo miedo que vaya actuar igual conmigo mis hijas y mis nietas ya que va a venir a vivir conmigo no se q hacer pues nadie quiere cuidarlo él se vale por sí mismo, yo vivo con mi esposo pero mis hijas me visitan mucho, yo estudio manualidades y trabajo haciendo Pozas de pasta mi esposo está por jubilarse. Por valor les pido que me ayuden no sé como tratarlo, como lo voy a cuidar, que debo hacer estoy desesperada, pero a pesar de todo lo quiero porque es mi padre y no tiene a dónde ir gracias por leer mi petición les agradezco dé antemano su respuesta gracias

Isabel
12 mayo 2015 00:14

Tengo a mis padres mayores, 85 mi padre y 83 mi madre.
Mi madre desde hace dos años ya no es la misma, ha perdido vista, movilidad, memoria, ...está hecha una niña adorable. Mi padre por contra, machista de toda la vida, exigente y maltratador, no hay quien lo aguante. Como no quiero dejar a mi madre en su triste destino, la ayudo todo lo que puedo y tengo que soportar el abuso de machismo y poder de mi padre, si quiero acercarme a ella y acompañarla en ésta triste situación. Nunca mi madre se ha querido separar y yo no entiendo cómo lo aguanta. He lamado al 016 y no se puede hacer nada si la afectada (mi madre no se quiere separar). Y yo me pregunto, ¿ qué puedo hacer ante una situación así?. A mi madre me la traería conmigo, pero la única solución , de cara a mi padre, es hacer como si fuera una hija sumisa (a mis 55 años con vida independiente) que solo está para servile a él y los demás, después.
Yo aguanto porque mi madre se lo merece, pero es una situación muy muy triste.
Soy fuerte, pero ya llevo dos años y mis amigos ya no les puedo cargar más con un problema personal y sin solución.
Me gustaría saber si hay alguna Asociación en Barcelona de hijos con padres dependientes para compartir experiencias y charlar de nuestros parecidos problemas.
GRACIAS

Isabel Asuncion Rodríguez
26 enero 2015 20:15

Tengo a mis padres con 88 y 89 años ya necesitados de ayuda. Quiero cuidarlos, pero también mi marido tiene a su madre con 91 años que vive con mi cuñada soltera y alcohólica. Estoy desbordada por la situación. Mi marido y yo acabamos de jubilarnos. No me siento para nada afectivamente unida a mi familia política . Qué me aconsejan? Mi marido cuidar de los suyos y yo de los mios? Todo se agrava con el hecho de que mi hermana padece esquizofrenia y no puede atender bien a mis padres. Las familias y nosotros ( mi marido y yo) no vivimos en la misma comunidad. Agradecería un poco de ayuda. Gracias de antemano.

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