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Tumores en el hígado o tumores hepáticos

Tumores en el hígado o tumores hepáticos

Los tumores malignos o cancerosos consisten en el crecimiento desmedido e incontrolado de células. Estas células pueden originarse en cualquier órgano del cuerpo humano y, en su crecimiento, forman un tejido que invade y destruye el órgano en el que se asienta. Conoce más sobre los tumores en el hígado o tumores hepáticos.

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➤ Vídeo: ¿Cómo se origina el cáncer de hígado?

¿Qué son?

Los tumores malignos o cancerosos consisten en el crecimiento desmedido e incontrolado de células. Estas células pueden originarse en cualquier órgano del cuerpo humano y, en su crecimiento, forman un tejido que invade y destruye el órgano en el que se asienta. Además, las células cancerosas son capaces de alcanzar los vasos que llevan la sangre y, a través de estos, colonizar órganos distantes. El hígado es uno de los órganos en el que más frecuentemente aparecen tumores malignos. La mayoría de ellos constan de células de tumores que, habiéndose originado en otro órgano, como la mama, el pulmón, el páncreas o el intestino, han alcanzado el hígado a través de la sangre: son los tumores secundarios o metastásicos, o simplemente las metástasis. Otras veces, las células nacen del propio hígado y se habla entonces de tumores primarios o primitivos del hígado, el más frecuente es el hepatocarcinoma, aunque pueden darse también casos de colangiocarcinoma, angiosarcoma y linfoma

¿Cuáles son sus causas?

El hepatocarcinoma, en España, es casi siempre la consecuencia de una enfermedad hepática de larga evolución, que en la mayoría de los casos es una hepatitis crónica. Los virus de la hepatitis B y C producen a veces cirrosis y algunos de los pacientes con cirrosis desarrollan tumores en el hígado. Las cirrosis de otro origen, como el alcohol o trastornos metabólicos, también predisponen a la aparición de hepatocarcinoma. Las metástasis son, como ya se ha dicho, la consecuencia de la existencia de otro tumor distante.

¿Cuáles son sus síntomas?

En muchos casos, ninguno hasta etapas muy tardías. El interior del hígado no duele y puede albergar gran cantidad de tumor sin que aparezcan síntomas. Excepcionalmente, tumores pequeños pueden dar síntomas porque obstruyan la vía biliar y aparezca ictericia, o bien porque se rompan y produzcan hemorragias. Cuando, como suele suceder, los tumores van creciendo sin dar problemas, acaban por dar la cara en forma de cansancio intenso, falta de apetito, pérdida inmotivada de peso, dolor debajo de las costillas derechas o picores.

¿Cómo se diagnostican?

Se detectan por métodos de imagen como la ecografía, el escáner (TAC) y la resonancia magnética, que sirven también para ver cuán extensos son. La confirmación de su naturaleza maligna se hace generalmente tras examinar al microscopio una biopsia tomada por punción a través de la piel, o en el transcurso de una operación quirúrgica. En una situación muy concreta, que es la de aquellos pacientes con cirrosis que presentan lesiones relativamente pequeñas, se puede obtener a veces un diagnóstico de certeza utilizando pruebas de imagen.

¿Cuál es el pronóstico que tienen y el tratamiento?

Las metástasis hepáticas de algunos tumores como los de mama, aunque no se pueden operar, tienen un tratamiento paliativo que consigue frenar su crecimiento en muchos casos. Las metástasis de los tumores de colon a veces son únicas o pocas, y se pueden quitar en una operación, o bien se puede frenar su crecimiento con quimioterapia. Con la sola excepción de los llamados tumores endocrinos, muy poco frecuentes, las metástasis no pueden tratarse mediante transplante hepático. Respecto al hepatocarcinoma, su mejor tratamiento es la prevención: la vacunación sistemática frente al virus de la hepatitis B y la moderación en el consumo de alcohol evitan el riesgo derivado de las enfermedades hepáticas que producen. Además, en las personas con riesgo especial, los tumores pueden detectarse cuando son pequeños y no dan síntomas si uno acude a las revisiones periódicas que le prescriba el médico, y que deben incluir análisis y ecografía. Una vez aparecido el tumor, el pronóstico y el tratamiento dependen de la extensión del mismo y de la función hepática.  Si el tumor es pequeño, caben múltiples opciones de intención curativa, como hacer un transplante o una resección quirúrgica. También existe la posibilidad de recurrir a la ablación percutánea. Mediante la aplicación de agujas que atraviesan la piel se destruye el tumor in situ por medios químicos (inyección de alcohol u otras sustancias) o físicos (aplicación de un intenso calor ?radiofrecuenciao frío ?crioablación-)  En tumores mayores pero limitados, una opción son los tratamientos vasculares como la embolización arterial, mediante la cual a través de la arteria hepática se inyectan partículas o bien mezcladas con fármacos quimioterápicos (quimioembolización) o cargadas de radiación (radioembolización). A pesar de sus riesgos para el hígado, los estudios demuestran que mejoran la supervivencia de los pacientes tratados. Y aunque son tumores en general muy resistentes a la quimioterapia, existe un fármaco (sorafenib) que frena el crecimiento y mejora la supervivencia de los pacientes que no pueden tratarse de otra forma. A veces la radioterapia puede ser eficaz como tratamiento paliativo. Cabe indicar que en pacientes con ictericia o ascitis el tratamiento del tumor no debe siquiera plantearse: no sólo resulta inútil, sino que puede empeorar la calidad de vida por efectos secundarios de los tratamientos.

Artículo facilitado por:
Clínica Universidad de Navarra

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