Un viaje por los recuerdos: el primer día de clase en los setenta

Un viaje por los recuerdos: el primer día de clase en los setenta

Década de 1970. Después de veranos acalorados, divertidos, llenos de viajes a la playa en esos Seiscientos hacinados, llenos de risas y momentos inolvidables… Ahí estábamos de nuevo. Otra vez septiembre y otra vez frente a la entrada del colegio. Allí, inmóviles, es donde se rememoraba el verano en toda su intensidad: el murmullo de las olas, el viento acariciándote la cara, el olor a sal… y en ese mismo instante es cuando nos dábamos cuenta de lo rápido que pasa el tiempo; hace nada salíamos por esa misma puerta y hoy volvíamos a entrar dispuestos a afrontar un nuevo curso. Ya no había vuelta atrás, nos armábamos de valor y nos disponíamos a entrar, y lo primero que veíamos era a Don José, el profesor de ciencias, apurando un cigarrillo en la entrada, como si estuviese agotando los últimos instantes de ese verano que ya acababa.

Llegábamos al aula y todo seguía igual, nada había cambiado, el mismo olor a papel, los estantes llenos de libros Santillana de otros años, los pupitres de formica perfectamente colocados y frente a ellos la pizarra, coronada con un crucifijo y dos fotos, una de Franco y otra de Primo de Rivera, mirándonos con severidad, como recordándonos cuál era nuestro deber. Comenzaban a llegar compañeros y amigos y el ambiente se volvía un poco más cálido, la seriedad de la estancia daba paso a un coro desafinado y sin ninguna dirección en la que abundaban las muestras de cariño, risas y preguntas, pero de repente y cuando estabas en lo más interesante de la conversación se volvía hacer el silencio, nadie quería llevarse una reprimenda tan pronto y menos visitar “la regla”. El profesor de turno entraba por la puerta. La autoridad había llegado.

Y es que cómo no acordarnos de esas clases aburridas, poco interactivas, que además los primeros días eran un suplicio interminable. Esas clases eran un auténtico monólogo, el profesor era el dueño y señor del aula, el centro de la misma, en cierto modo llegaba a parecer como si nos quisiera demostrar su superioridad en el tema que nos estaba enseñando. Lástima por aquel que pretendiese llevarle la contraria o corregirle, los castigos eran variados y creativos, desde la común bofetada, muy clásica a mi parecer, al icónico palmetazo con la regla de madera en las manos. Aún muchos recordamos esos instantes previos al palmetazo, en los que te calentabas las manos con el vaquero para que doliese menos, aquello si que era una película de terror.

Cuando el timbre nos sobresaltaba sabíamos que había llegado el mejor momento del día, el recreo. Era el momento de contarle a tus amigos todas las experiencias acontecidas en verano, con todo lujo de detalles y, lo más importante, de comerte ese bocadillo de Nocilla que te había preparado tu madre, que se disfrutaba aun más tras el esfuerzo continuado por no quedarte dormido en clase. Tras ello llegaba el partido de fútbol, un verdadero Clásico que enfrentaba a tu clase con su rival acérrimo, y que era una bendición para unos y un suplicio para otros: si eras habilidoso, bueno jugando, había llegado tu momento de brillar, pero si no lo eras o tu condición física no era óptima, quedabas relegado a ser escogido de los últimos y jugar de portero. Reglas del patio. Cuando comenzaba, el partido se volvía una lucha encarnizada en la que volaban los golpes y las patadas, pero el enemigo más temido por todos no era un rival humillado con sed de venganza, si no el balón Mikasa, una roca de peso y proporciones considerables que si impactaba en una parte del cuerpo se sentía como una bala de cañón recién disparada. Cuando volvía a sonar el timbre, daba igual que estuvieses a punto de marcar un gol, el dueño del balón lo cogía con las manos y se iba, ahí acababa el partido.

Y después del recreo vuelta a empezar, otra serie de horas allí encerrados, esperando a que el timbre nos sobresaltase de nuevo a la hora de la salida, recogiésemos nuestros bártulos y nos pudiésemos ir. Había algunos impacientes que, sabiendo que se acercaba la hora de la salida, recogían sus cosas antes de tiempo, desatando la indignación de un profesor al que tal práctica le tocaba el orgullo. Cuando el timbre sonaba estallaba la alegría, todos nos levantábamos, nos despedíamos y salíamos del centro con esa cara de satisfacción de saber que habíamos superado el primer día.

Javier del Valle Amaya

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