La mejor vejez de la historia. Así viven hoy los mayores en España


Publicado por Patricia Fernández, periodista
Creado: 7 de enero de 2026 18:38 | Modificado: 7 de enero de 2026 18:54


La mejor vejez de la historia. Así viven hoy los mayores en España

Mientras muchos españoles sienten que “todo va a peor”, los datos dicen otra cosa para las personas mayores: nunca hubo tanta esperanza de vida, tanta protección social ni tanta seguridad material.

Si uno escucha las conversaciones en el autobús o mira las redes sociales, el mensaje se repite: "cada vez estamos peor", "antes se vivía mejor", "los jóvenes no tienen futuro", "las pensiones peligran". La dificultad para encontrar empleo estable, los precios de la vivienda y la sensación de incertidumbre permanente alimentan ese relato. Y es cierto que hay motivos para la preocupación, sobre todo entre las generaciones más jóvenes.

Sin embargo, si miramos solo a las personas mayores, la foto cambia de forma llamativa. Los datos oficiales cuentan una historia muy distinta: nunca en la historia de España se había envejecido con tantos años por delante, con tanta protección social y con una sanidad tan extensa. Es incómodo de decir en tiempos pesimistas, pero hoy, en términos objetivos, las personas mayores están mejor que nunca. Otra cosa es que lo sintamos o no.

Más años, y más años buenos

Empecemos por algo tan simple y tan enorme como el tiempo: la esperanza de vida. Según datos recientes del INE, en 2024 la esperanza de vida en España alcanzó un nuevo récord de 84,01 años de media: 81,38 años para los hombres y 86,53 para las mujeres.

Si nos centramos en quienes ya han llegado a la jubilación, la cifra impresiona aún más: una persona de 65 años puede esperar vivir, de media, casi 20 años más si es hombre y más de 23 si es mujer. Es decir, la jubilación ya no es la antesala inmediata de la vejez frágil, sino una etapa larga en la que, con frecuencia, se disfrutan uno o dos decenios adicionales.

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Además, informes recientes sobre personas mayores en España muestran que, comparando 1991 con 2022, los mayores de 65 han ganado en torno a 3 o 4 años extra de vida, y que España se sitúa entre los países con mayor esperanza de vida de Europa. No solo vivimos más: también llegamos a esa edad con mejores tasas de supervivencia frente a muchas enfermedades que hace unas décadas eran sentencia casi segura.

Pensiones y renta. Nunca antes hubo tanto colchón

Otra pieza clave es el bolsillo. Es verdad que las desigualdades crecen y que no todas las pensiones permiten una vida holgada. Pero, si miramos el conjunto y lo comparamos con el pasado, los datos son claros: las pensiones de hoy son más altas y están mejor protegidas que nunca.

En enero de 2025, la pensión media de jubilación en España rozaba ya los 1.500 euros mensuales en 14 pagas, tras una subida de alrededor del 4,4 % interanual. Además, por ley, las pensiones contributivas se revalorizan cada año en función del IPC, y para 2026 está prevista una subida del 2,7 %, con incrementos aún mayores en las pensiones mínimas y no contributivas para acercarlas al umbral de pobreza.

Si miramos la renta disponible, la Encuesta de Condiciones de Vida muestra un dato muy revelador: la renta anual neta media por unidad de consumo (es decir, ajustada al tamaño del hogar) es máxima precisamente en el tramo de 65 años o más en los hombres (23.643 euros), y muy elevada también entre las mujeres mayores, solo ligeramente por debajo del grupo de 45-64 años.

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Es decir: en términos de ingresos medios, los mayores están relativamente mejor posicionados que muchos trabajadores en edad activa. Y cuando el INE desglosa el riesgo de pobreza o exclusión social (tasa AROPE), se observa que las tasas más altas se concentran en población joven, mientras que los mayores de 65 suelen presentar niveles comparables o incluso algo inferiores a la media.

¿Hay pensionistas con dificultades? Por supuesto. Pero, a nivel estructural, nunca hubo en España tanta gente mayor con un ingreso regular, garantizado por el Estado y blindado frente a la inflación.

Sanidad, vacunas y neveras llenas; el "lujo invisible"

Otro ángulo en el que los mayores han salido claramente ganando es la protección sanitaria. La generación que hoy ronda los 70 o 80 años ha visto, en una sola vida, cómo se universalizaba la sanidad pública, se generalizaban las campañas de vacunación y se multiplicaban los tratamientos disponibles para enfermedades cardiovasculares, cánceres o infecciones que antes mataban a miles de personas cada año.

No hace falta irse muy lejos: el simple acceso a medicamentos para la tensión, el colesterol, la diabetes o la anticoagulación ha evitado infartos e ictus que, hace 40 años, se asumían como "cosas de la edad". Y todo esto se financia con un sistema público que, con todos sus problemas, sigue permitiendo a un pensionista ser operado de una catarata, recibir rehabilitación o acceder a revisiones especializadas sin arruinarse.

La alimentación ha cambiado igual de rápido. Hoy damos por hecho abrir la nevera y encontrar fruta de temporada, pescado, carne, lácteos, legumbres envasadas, refrigeración adecuada... Una combinación que, unida a la mejora del nivel educativo y a la difusión de la dieta mediterránea, ha contribuido a que la esperanza de vida y los años de vida saludable se hayan disparado en pocas décadas.

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En resumen, no solo vivimos más años, sino que llegamos a ellos, de media, con más acceso a médicos, fármacos y alimentos de calidad que ninguna otra generación anterior.

Un país sin guerras y con problemas muy distintos

Mientras en otros puntos del planeta las personas mayores envejecen bajo guerras, crisis humanitarias o estados fallidos, España lleva décadas sin conflicto bélico en su territorio. Puede parecer una obviedad, pero no lo es: la generación de mayores actuales creció en muchos casos con el recuerdo directo o indirecto de la posguerra y la escasez. La comparación es incómoda pero honesta: hoy se envejece en un país de la UE, sin guerra, con Estado del bienestar consolidado y niveles históricos de protección social.

Eso no borra las brechas económicas ni la precariedad que afecta a muchos jóvenes, ni las pensiones bajas de determinados colectivos (especialmente mujeres con carreras laborales más fragmentadas). Pero sí debería hacernos conscientes de que, a escala histórica y global, las personas mayores españolas ocupan una posición extraordinaria. No es una opinión, sino un hecho estadístico.

No todo es idílico, soledades y miedos muy reales

Sería ingenuo pintar solo un cuadro rosa. Los propios informes sobre mayores en España advierten de dos grandes sombras: la soledad no deseada y la creciente desigualdad interna. Cerca de 10 millones de personas tienen 65 años o más (el 20,4 % de la población), y una parte importante vive sola, sobre todo mujeres viudas.

Además, aunque las pensiones medias crecen, la distancia entre quienes tienen complementos, ahorros o patrimonio y quienes dependen de una pensión mínima se hace cada vez más evidente. Y, planea sobre todos, el miedo a si el sistema será sostenible "para los que vienen detrás".

También es verdad que la percepción general de "vamos a peor" se alimenta de la comparación entre generaciones: muchos jubilados se sienten relativamente protegidos, pero miran a sus hijos y nietos atrapados en alquileres imposibles o salarios más bajos, y concluyen que el futuro es oscuro. Esa preocupación por las nuevas generaciones también forma parte del bienestar (o la inquietud) de la tercera edad.

Un cambio de mirada

¿Qué hacer entonces con esta paradoja? Por un lado, tenemos datos robustos: más años de vida, mejor salud, pensiones más altas, mayor renta media y más protección social que nunca. Por otro, tenemos emociones legítimas: miedo, incertidumbre, sensación de que todo se tambalea.

Tal vez la clave esté en cambiar ligeramente el foco. Reconocer que los mayores de hoy viven mejor que los de ayer no significa negar los problemas actuales ni resignarse. Significa partir de una realidad objetiva: España ha construido, con todas sus imperfecciones, un entorno en el que envejecer es, en términos históricos, un verdadero privilegio.

Desde ahí, la reflexión se vuelve más productiva: ¿cómo cuidamos mejor la soledad de quienes ya han llegado a esa "buena" vejez? ¿Qué ajustes hacen falta para que ese nivel de protección no sea un oasis generacional, sino un horizonte también para quienes hoy tienen 30 o 40 años? ¿Cómo defendemos un Estado del bienestar que ha demostrado que puede cambiar vidas... sin caer en el discurso del "todo está garantizado"?

Quizá el primer paso sea sencillo: mirar los datos, respirar hondo y admitir que, al menos en lo que se refiere a la tercera edad, no estamos yendo a peor. Al contrario: nunca habíamos estado tan bien. Y precisamente por eso merece la pena luchar para no perderlo.

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