Blog de Dolors Colom Masfret. Plusesmas.com

Directora Científica del Master Universitario de Trabajo Social Sanitario. Estudios de Ciencias de la Salud. Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Profesora asociada del Grado de Trabajo Social. Universidad de Barcelona (UB). Directora de la revista Agathos, atención sociosanitaria y bienestar.

El efecto curativo de los objetos con alma

martes, 13 de julio de 2021

A 13 julio de 2021

En la obra «Contra Sainte-Beuve: Recuerdo de una mañana» [Crítica de la inteligencia] (página 31-38, Alianza Editorial, 2016), Marcel Proust narra las sutilezas ocultas en los objetos que forman parte de la vida de uno. Su relato, desde la primera línea, mueve toda la interioridad del lector al proclamar la gloria de estos enseres que con el pasar del tiempo atesoran los sentimientos, las sensaciones más antiguas y las horas pasadas que, a veces, según Proust, resucitan cuando de nuevo, algunas de las circunstancias que las posibilitaron, se alienan. Los objetos, cual caja de pandora desatan los duendes y las sensaciones buscadas regresan.

Son objetos inanimados que cual lámpara de Aladino conservan en su forma y textura los momentos y las alegrías generadas aquella primera vez que los tuvimos en nuestras manos, aquel primer día cuando con sumo cuidado los despojamos del envoltorio ante la mirada atenta y curiosa de quien nos los obsequió. A veces, la ironía hace que el objeto se pierda y se conserve el embalaje, ese pliego de papel satinado, o rugoso, perfectamente doblado sobre sí mismo que aparece cuando necesitamos cubrir otra cosa. Sin embargo, nos resistimos a usarlo porque sabemos que en su crepitar emana los restos de algún recuerdo que necesitamos recuperar.

Infinidad de vivencias se apilan con el tiempo que las reduce a las mínimas probabilidades de ser recordadas en su completitud, ello es revivirlas y perpetuarlas tal como se vivieron. Son vivencias que muy a nuestro pesar se evaporaron, puede que incluso perdieran su singularidad, se mezclaran con otras. Sin embargo, a veces, ocurre el prodigio, el objeto permite a las sensaciones volver, rehacerse y entonces ese objeto se torna curativo, las sensaciones que emanan de él nos abrazan y nos recomponen por dentro. Con delicadeza el objeto inerme nos acerca a aquellos momentos que, aun queriendo, no lográbamos encontrar. Dice Proust que «no es la inteligencia lo que permite esto, si no la emoción».

Con el pasar del tiempo estos objetos forman parte del escenario propio, del lugar donde uno habita. Lo extraño, sin embargo, se encuentra en que ello ocurre sin la intención directa de uno, más aún, al margen de uno. Son objetos vivos que ocupan espacios diferentes en la casa, de la librería del salón pasan a la librería del pasillo, o del despacho, a veces, acaban en un arcón en espera de un nuevo tiempo que siempre llega. Por el efecto serendipity salen de nuevo a la luz y nutren, otra vez, la fuerza de la memoria, la vida secreta de las circunstancias que los amparan. Sí, son los objetos que misteriosamente se convierten en «algo propio», en algo que nos sigue en las mudanzas.

Mientras, y tampoco sin la intención de uno, ocurre que otros objetos se quedan olvidados y desaparecen por siempre. Alguien los encontrará, pero el objeto estará muerto.

La fuerza de los objetos cobra vida cada vez que ocurre una separación, un abandono, una muerte. La ausencia da vida a aquella rosa azul sembrada en purpurina, al cuadro de las bailarinas, a la camiseta prestada nunca devuelta, a la botella vacía que avala la celebración, a las postales de los primeros viajes, a aquel libro dedicado… entonces vibran en la memoria los que no están, entonces esa presencia que ocurre en el alma nos reconforta, nos cura.

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