Blog de Dolors Colom Masfret. Plusesmas.com

Directora Científica del Master Universitario de Trabajo Social Sanitario. Estudios de Ciencias de la Salud. Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Profesora asociada del Grado de Trabajo Social. Universidad de Barcelona (UB). Directora de la revista Agathos, atención sociosanitaria y bienestar.

Generar contenidos, desvirtuar contenidos, parasitar contenidos

jueves, 20 de enero de 2022

La generación de contenidos originales en ámbitos profesionales ¿está en clara decadencia? Parece que pierde estima por parte de quienes la deberían impulsar. Lo fácil y barato es copiar y plagiar a las organizaciones que en sus equipos cuentan con profesionales creativos y comprometidos con la innovación y el desarrollo. El plagio, la copia, el arrogarse autorías impropias, ideas ajenas, además de merecer el rechazo, es una conducta que se debe corregir y evitar desde la infancia. Los lodos no surgen espontáneamente. Incomprensiblemente, la originalidad como valor pierde actores en entornos profesionales y académicos, y lleva a algunos jóvenes a imitar conductas reprobables. Cuando uno se arroga las ideas y los esfuerzos de otros incurre en un comportamiento deleznable, agravado cuando para disimular el plagio se desvirtúa el argumento o propuesta original.  

La originalidad es una cualidad valorada en las organizaciones vivas como son las del sistema sanitario y del sistema universitario. La originalidad las convierte en líderes, en referentes, en modelos a imitar, pero esta originalidad necesita protección y revalorarse en cada uno. Cada vez son menos los que generan contenidos originales y más los que, desdichadamente, previa desvirtuación y manipulación de los existentes, los parasitan. La dificultad está en generar contenidos no en plagiarlos. Por esto se debe proteger al autor y a su obra, al que innova, a quien ve a futuro el giro de timón que la organización necesita para seguir como modelo y líder. 

El respeto a quienes generan contenidos se aprende de quienes los respetan, pero se debe enseñar, se debe experimentar en las aulas y en las unidades profesionales. La universidad es un espacio ideal para adquirir valores y desarrollar la ética profesional. Pero ¿cómo se pide originalidad a los alumnos cuando los hechos superan la retórica? Supóngase que una universidad plagia al completo o en gran parte un programa formativo de otra universidad que, dicho sea de paso, lo creó y diseñó desde cero, que no es lo mismo que desde la nada. Desde su fundación la institución universitaria vela por transmitir conocimientos, pero sobre todo valores y principios morales, desarrolla en el alumnado la ética que guiará sus pasos profesionales. Entonces, ¿cómo una universidad que plagia, casi por completo un programa de máster a otra puede transmitir al alumnado valores como la originalidad, el respeto por la autoría, si el mismo programa formativo se apoya en un plagio? ¿Cómo se exige rectitud a los alumnos cuando quien forma lo hace con sus troncos torcidos?

Cada vez más contenidos originales desarrollados en ámbitos profesionales y universitarios acaban como pasto de réplica y copia, especialmente en las redes sociales, en los blogs, en páginas web, en cursos con ánimo de lucro, etcétera. La creatividad, la innovación, son cualidades que pierden fuerza frente al parche, el chapado y el repintado. A la par, y esto es preocupante, se observa la falta de conciencia de quien usa contenidos ajenos como propios. Los últimos años se detecta la creciente dificultad del alumnado para generar contenidos originales, desarrollar argumentos, y reconocer en quienes apoyan sus escritos. Seguramente se han abandonado las metodologías docentes de aplicación de los conocimientos y de reconocimiento de las autorías. Me hizo dar cuenta de esta laguna intelectual una pregunta muy recurrente en clase que al principio no le di importancia, pero la repetición y los hechos mostraron que si la tenía. La cuestión que planteaba la alumna: «Si leo un texto, lo rehago y lo escribo a mi manera ¿es plagio?». «¿Qué opinas? Le pregunté» La respuesta fue: «Que no es plagio, porque la que lo escribe soy yo».

Y con el «Yo» empieza el mundo y desaparece lo anterior. 

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