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Blog de Dolors Colom Masfret. Plusesmas.com

Directora Científica del Master Universitario de Trabajo Social Sanitario. Estudios de Ciencias de la Salud. Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Profesora asociada del Grado de Trabajo Social. Universidad de Barcelona (UB). Directora de la revista Agathos, atención sociosanitaria y bienestar.

«Me jubilo»

martes, 30 de julio de 2019

Hace unos días Francisca M. M. dijo a su esposo: «me jubilo». Al día siguiente por la mañana fue a recursos humanos del hospital donde ejercía desde hacía cuarenta años evaluar posibilidades. Sintió un pinchazo en el corazón cuando nadie se interesó por los motivos y directamente tomaron nota como si la estuvieran esperando. Sin más iniciaron el trámite. De un plumazo se empezaban a desdibujar cuarenta años de atención a miles de personas, a miles de familias. De repente todo lo vivido quedaba reducido a las cenizas del puro papeleo. Por unos momentos le pareció ver que casi se alegraban. «Los profesionales más antiguos no interesan al hospital, tienen demasiados derechos adquiridos» le había dicho un médico amigo. «¿Quién decide que no interesan?» preguntó ella. «El sistema» añadió él. «Pero el sistema lo conforman personas» replicó ella. «Sí, pero como sistema se han despersonalizado» sentenció su amigo.

Durante más de cuarenta años, cada día a las ocho de la mañana Francisca M. M. ha entrado por la puerta principal del hospital, ha saludado al conserje, a la telefonista, al personal de admisión, ha bajado al vestidor para ponerse el uniforme, ha atravesado varios pasillos hasta llegar al área de urgencias, su lugar de trabajo. Allí ha pasado muchas horas cada día, más de las contratadas.

Francisca M. M. estudió enfermería y nada más diplomarse a finales de los ochenta enseguida encontró trabajo el hospital de su cuidad. Le propusieron realizar una suplencia de verano en urgencias. Ella sceptó con los ojos cerrados, sentía la felicidad correr por sus venas. No era cuestión de suerte, pero ella no podía evitar sentirse afortunada. La suplencia de verano enlazó en otoño por una baja maternal. En invierno, la jubilación de un enfermero la llevó a ocupar la plaza, como entonces se llamaba, en propiedad. Primero pensó que era algo temporal, las urgencias le parecían un lugar apasionante, pero a la vez muy estresante y dramático, pero pasaron los días, las semanas, los meses y así cuarenta años. A sus 64 años conocía las urgencias como la palma de la mano, se había convertido en una gran especialista en esta área.

Era una enfermera muy querida por todo el equipo de profesionales. Su amabilidad, su paciencia, su empatía la habían convertido en un icono del servicio, siempre predispuesta a ayudar, sobre todo a tranquilizar. Si algún profesional del mismo hospital le pedía cualquier favor con relación a algún familiar o amistad ella no lo dudaba. No era corporativismo, lo hacía con todas las personas que ingresaban. Era facilitadora por naturaleza. Sabía el horror que suponía el ingreso en urgencias y su actitud era la de facilitar y ayudar en las necesidades de las personas. Se jubiló.

Hace un par de meses su madre ingresó en urgencias y cuando Francisca M. M. llegó, no conocía a nadie. Pidió a un enfermero que le diera un recado a su madre que estaba dentro. «Lo siento, ahora no puedo, tengo mucho trabajo. ¿lo ve?», le dijo el enfermero. Ella, Francisca, replicó: «yo había trabajado en estas urgencias durante cuarenta años, me jubilé hace cinco meses, nunca me negué a ayudar a un familiar». El enfermero le contestó de nuevo: «No la conozco. Las cosas han cambiado mucho los últimos meses. Quédese tranquila en la sala. Ya la avisaremos». Francisca M. M. no pudo evitar sentir la decepción llenar todo su interior. Pero también pensó que había sido muy afortunada al haber vivido su profesión en la época en que la vivió y haberla podido ejercer como lo hizo lejos de estas tiranteces de profesionales que ensombrecen las profesiones.

Comentarios (1)

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Mónica
25 septiembre 2019 19:42

Dolors como siempre un placer leerte. Me ha estremecido.
Gracias

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