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Blog de Dolors Colom Masfret. Plusesmas.com

Directora Científica del Master Universitario de Trabajo Social Sanitario. Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Profesora asociada del Grado de Trabajo Social. Universidad de Barcelona (UB). Directora de la revista Agathos, atención sociosanitaria y bienestar.

'Yo', 'Yo', 'Yo'… y para postre soufflé de más 'Yo' aderezado con 'humildad'

viernes, 26 de junio de 2015

Demasiados gestos, demasiada prepotencia, demasiado orgullo. Sobran palabras y faltan las acciones sensatas, falta la mesura. Un «Yo» excesivo conduce a la insensatez por eso toca señalar lo «humilde» que es uno. Pero basta con mirar un poco para ver rostros inflados de arrogancia. Parece que la regla del 80/20 que propone el principio de Pareto también se da en el ejercicio de la política, 80% de pensamiento simple, elemental y facilón que busca el aplauso de la claque, frente al 20% de pensamiento organizado, estratégico y ético, molesto porque responsabiliza. 

Tanto en campaña electoral como después de las elecciones, resulta estridente, la guerra desatada entre el «Yo» de los unos contra el «Yo» de los otros, entre la «humildad» de unos contra la «humildad» de los otros.  Peleas de gallos y gallinas que se cruzan reproches generalizados. Por un lado los que acaban de llegar y se ponen a saltar sobre el sofá de la entrada, por el otro, los que estaban instalados pero nunca se habían dado cuenta de que allí, en la entrada, había un sofá. De momento, unos y otros no marcan diferencia. Repiten lo mismo y se encharcan en lo mismo. 

Hace años, los que estaban ahora, desalojaron a los que estaban antes. Y deben saber quiénes acaban de llegar que han de darse prisa para desarrollar sus opciones porque la vida, veloz como el rayo, pondrá pronto a otros en su camino. Otros que cuestionarán su esfuerzo y devorarán su obra, despotricarán de todo su legado. Y así se seguirá in eternum porque este es el principio dinámico de cualquier sociedad. Las obras verdaderas, son para las generaciones posteriores, porque entre contemporáneos surge un canibalismo que no deja brotar las semillas.

¿Por qué se repiten los mismos esquemas, por qué se cae en los mismos errores? Por el factor humano que domina las emociones y por el «Yo» arrogante que busca saquear todo lo ajeno. Quieren aparentar la máxima cercanía con los ciudadanos pero ¿son confiables los políticos que subrayan sus gestos ordinarios como si fueran extraordinarios, que cada vez que abren la boca es para criticar, desvalorizar los esfuerzos de los otros? Por cierto, de esos políticos se encuentran en  todos los partidos. 

Es conveniente conocer al «Yo», ese monstruito que, sin excepción, habita dentro de cada uno. Conviene conocer su talón de Aquiles, porque cuando quede suelto y arrebatado, no aniquile lo más estimable de la persona, su naturalidad, su nobleza y su certeza. Un «Yo» común pero desmesurado convierte a la persona en una marioneta teledirigida por las reacciones. Sin embargo, cuando a ese engreído «Yo», le llega el «poder» y se da cuenta de que sus deseos son órdenes para los demás, puede, que si su prudencia no lo evita, se tiranice.  

 A modo de ejercicio tome las declaraciones públicas y cuente las veces que las palabras «Yo» y «humildad» asoman por la boquita de los políticos. Sumen las veces que en sus mítines y declaraciones se encuentran ambas, aunque estén vacías. Los cargos públicos quedan atrofiados cuando ese «Yo» excesivo que sin el poder no cruza la calle. Pero con poder pueden hundir las obras de muchas personas, arruinar a los pueblos. Los políticos no pueden creerse que ese ayuntamiento, ministerio, consejería, o entidad, les ha sido regalada en vez de confiada. Esa identificación desproporcionada con el cargo, lleva al «Yo» que le gusta el color rosa, o el verde, a pintar las calles y plazas con su color favorito, o rosas o verdes. 

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