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Diccionario enciclopédico, ilustrado o sin ilustrar

Diccionario enciclopédico, ilustrado o sin ilustrar

Había un momento de nuestra tierna infancia en el que nuestros padres consideraban que era fundamental para nuestro desarrollo personal y académico que dispusiéramos de un «Diccionario enciclopédico», bien ilustrado, que era mucho más atractivo, bien sin ilustrar, cuyo contenido era igualmente interesante y completo, aunque más aburrido al no disponer de «estampas», que siempre ayudaban a aliviar su lectura.

Tomada, pues, la decisión, solo faltaba concretar con alguno de los muchos vendedores que por aquel entonces solían llamar a las puertas de las casas, siendo por lo general siempre bien recibidos y atendidos, el modelo de enciclopedia elegido, en función lógicamente del número de tomos que tuviera, el precio, lo que en la mayor parte de los casos obligaba a comprarla en convenientes, y largos, plazos, para que su adquisición fuera más llevadera, y, finalmente, a ser posible que los colores de las tapas combinaran bien con los del mueble del salón, para que resultara mucho más llamativa.

Una vez efectuada la compra, el principal argumento que solía exponer la madre o el padre es que sería de gran utilidad para el hijo o la hija correspondiente, ya que le ayudaría mucho en sus estudios, al permitirle consultar cualquier tipo de duda, fuese cual fuese, desde conocer los ríos y afluentes del entonces Congo Belga hasta saber con detalle la historia de los aborígenes australianos. Todo ello, como es fácil comprobar, de una extraordinaria ayuda incluso para cualquier estudiante, aunque solo tuviera ocho años y cursara «primera elemental».

Sin descartar en absoluto tan loable opción educativa, dado que íbamos creciendo en edad y en curso escolar y, por consiguiente, era fácil suponer que cada vez serían mayores las necesidades de acudir a una buena enciclopedia ilustrada para hacer nuestras pertinentes consultas —eso considerando que tanto el Congo Belga nunca desapareciera del mapa, fuera cual fuera su nombre, ni tampoco la historia aborigen—, siempre quedaba la duda de si la enciclopedia de ocho, nueve, diez, catorce o veinte tomos no iba cayendo en desuso y, por tanto, su consulta cada vez era menos útil. Esto último resultaba mucho más evidente aún ya desde la adquisición misma de la enciclopedia en cuestión cuando esta, en realidad, estaba dedicada, por ejemplo, al apasionante mundo de la fauna, la flora, la historia del mundo, el arte, la música, el bricolaje o la aviación, en las que difícilmente el niño o la niña iban a poder encontrar algo sobre los ríos del Congo o la bonita historia de los aborígenes australianos.

Otra cosa, eso sí, era cuando los tomos que lucían en la estantería eran los ochos del prestigioso «Diccionario enciclopédico abreviado» de Espasa-Calpe —sí, el clásico de toda la vida de tapa azul y estampación dorada que muchos seguro aún recuerdan—, que ese sí que nunca pasaba de moda, habida cuenta de que puntualmente se recibían los Apéndices que actualizaban toda la información. Así cómo no enterarnos de que el Congo Belga ahora era la República Democrática del Congo.

José Molina

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