6 cosas de los años 60 que hoy nos parecen impensables

6 cosas de los años 60 que hoy nos parecen impensables

Si tu infancia transcurrió durante la década de los 60 y 70 recordarás algunas acciones cotidianas que han cambiado mucho con el paso de los años, algunas por propia evolución, y otras por ser temeridades que con los años fueron modificándose para reducir su peligrosidad. Cosas que entonces nos parecían más que normales, hoy son consideradas una auténtica locura, ya sea por los avances, estudios sobre salud o cualquier otra razón. Es por ello que, en este Queridos Recuerdos vamos a viajar al pasado para rememorar 6 cosas de los 60 que hoy nos parecen impensables.

Los coches

A día de hoy, con todas las medidas de seguridad con las que cuenta un coche, algunos nos preguntamos cómo hicimos numerosos viajes en los antiguos automóviles de la época. Viajar en coche era un auténtico peligro. Sobre esos antiguos coches, no hay ni que decir que por supuesto no contaban con sistemas de frenada automáticos o de detección de peligro, pero es que también prescindían de airbags y en muchos casos de cinturón de seguridad, lo que hacía que se multiplicase el riesgo de herirte gravemente en caso de accidente. También hay que señalar que aunque tuviesen cinturón de seguridad tampoco era obligatorio, con lo que su utilidad se reducía mucho.

El amianto

Que la evolución en los sistemas de construcción es importante se demuestra por cosas como esta. En los 60 muchos techos de viviendas, edificios, e incluso algunos medios de transporte estaban hechos de uralita, un material compuesto por amianto, una sustancia altamente cancerígena para los humanos. Las placas de uralita las encontrábamos por todas partes, lo que exponía a muchos de los que se encontraban próximas a ellas a posibles enfermedades graves. Eran tan fáciles de encontrar que incluso algunos niños jugaban con las placas de uralita desechadas en los campos, rompiéndolas y así liberando esas hebras de amianto tan peligrosas.

Las radiografías

Los 60 fue la década del boom de las radiografías; si tu madre no se quedaba segura con el chequeo que te habían hecho, te hacían una radiografía para que pudiese ver qué estaba todo bien. Para esas radiografías, al contrario que actualmente, que te protegen con una placa de plomo que repele la radiación, no contabas con ningún tipo de protección, por lo que te exponías totalmente a la radiación que emitía la máquina, y hay que recordar que la radiación puede provocar quemaduras graves, aumentar el riesgo de cáncer o incluso modificar el genoma humano. Casi nada.

El plomo

El plomo, un metal pesado que en el pasado enloqueció a personajes como el emperador romano Calígula o los pintores Van Gogh y Goya, era muy utilizado en los 60 como parte de la pintura de algunos de los objetos cotidianos que encontrábamos por casa o en la calle. Sobre todo, era muy utilizado para decorar objetos de metal con colores brillantes, lo que lo convertía en una parte principal de la pintura de los columpios para niños y cunas para bebés. Nada mejor que pintar con plomo lo más cercano de aquellos que se meten todo en la boca.

Los profesores y los castigos

En los 60, los profesores tenían mucha autoridad dentro de las clases, lo que daba a lugar a castigos que a día de hoy podríamos verlos como auténticas torturas físicas. Estos castigos iban desde bofetadas y palmetazos con una regla de madera en las palmas de las manos y las puntas de los dedos, a horas en posiciones poco cómodas para cualquier ser humano que eran una atrocidad para niños y adolescentes. Lo peor de todo es que estos castigos estaban bien vistos por muchos padres, a los que si les contabas lo que había sucedido te respondían con el clásico "algo habrás hecho".

Fumar en cualquier sitio

La década de los 60 fue la década del tabaco; fumar estaba de moda, y además se desconocían todos los peligros que traía esta práctica para las personas. Este cóctel de circunstancias hizo que se pudiese fumar en cualquier sitio, dando lugar a situaciones como que se pudiese fumar en una gasolinera o dentro de un avión, porque claro, es buena idea prender un objeto en una estación repleta de combustible o en una cabina presurizada a más de 10 000 metros de altitud. ¿Qué podría salir mal?

Javier del Valle Amaya

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