Familias: todos de un mismo árbol, todos diferentes

Familias: todos de un mismo árbol, todos diferentes

Los lazos de parentesco perduran para siempre aunque las familias se transformen siguiendo el vaivén de la sociedad en la que están inmersas. Una fiesta familiar donde se reúnen muchos miembros puede ser una bonita excusa para reencontrarse estrechando lazos invisibles que nos unen a un mismo tronco.

En estas reunionesse concentran muchos y diferentes destinos: éxitos, fracasos, distintos niveles económicos, infinitas posibilidades de futuro, pero siempre está presente la fuerza que los acerca e identifica, porque, lo queramos o no, pertenecemos a un árbol genealógico con una fuerza tan enorme que supera cualquier impedimento. Lo vemos en aquellas personas que fueron dadas en adopción. En algún momento sienten la curiosidad de saber quiénes fueron sus progenitores y en numerosos casos tratan de buscarlos. O los emigrantes afincados en países lejanos, que tras muchos años de ausencia sienten un buen día la necesidad de volver a ver el sitio que les vio nacer. Da igual lo que cueste, o lo lejos que esté la familia de origen, que la necesidad por el «encuentro» no conoce fronteras.

La fiesta es el escenario donde se anuncian los cambios importantes, los nacimientos, las bodas, las tragedias. También hay un lugar para recordar con amor y respeto a los que han desaparecido y han transmitido, además de sus genes, parte de su historia. Generalmente, buscamos de ellos el recuerdo más positivo y minimizamos sus errores. Y así ha de ser, no olvidemos que pertenecemos a ellos y ellos nos pertenecen. Honrarlos, seguir su ejemplo y mejorarlo, si podemos, es un buen reto que merece la pena. Tal vez, si podemos conservar lo mejor de nuestra familia y transmitirlo a nuestros descendientes, consigamos una sociedad más humana, más sensible, en la que se pueda vivir con un poco de amor y comprensión. Una sociedad en la que pueda sentirse el calor de casa.

Victoria Artiach Elvira. Psicóloga-psicoterapeuta

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