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Inflamación crónica: causas y tratamiento

Inflamación crónica: causas y tratamiento

Si alguien te dice que un corte en un dedo tiene que ver con el riesgo de sufrir un infarto, desarrollar un cáncer o una diabetes e incluso enfermedad de Alzheimer, seguro que piensas que te está tomando el pelo. Sin embargo, el mismo sistema inmunitario que protege tu organismo puede volverse contra ti y propiciar otras enfermedades.

Los «detectives de la Medicina» que investigan la causa primigenia de las enfermedades crónicas están empezando a comprender los principios de lo que podríamos calificar como una «relación fatal»: que la inflamación –ese mecanismo de defensa que hace que la piel en torno de una herida se ponga roja o que un tobillo lastimado se hinche– puede volverse en contra del organismo y acabar desencadenando enfermedades graves. De hecho, esa nueva visión está penetrando hasta tal punto en las mentes de los científicos que la inflamación concentra hoy uno de los esfuerzos de investigación más intensos en Medicina.

¿Qué es realmente la inflamación?

Los libros de texto médicos te explicarán que la inflamación es uno de los recursos de que se sirve el sistema inmunológico (las «defensas») para protegernos frente a bacterias, virus, parásitos, hongos... causantes de enfermedades crónicas. En el mismo momento en que un invasor penetra en nuestro organismo, el sistema inmunológico da la voz de alarma, y la inflamación encabeza una ofensiva que ataca tanto al invasor como al propio tejido infectado. Luego, el proceso remite y comienza la curación.

El problema es que, a veces, ese proceso se prolonga más de lo debido y la inflamación se convierte en crónica. Entre las causas de esa cronificación se citan desde la predisposición genética a la hipertensión, pasando por agentes tóxicos presentes en el medioambiente o por el humo del tabaco...

Hoy, no pasa semana sin que algún nuevo estudio no descubra otro nuevo mecanismo inflamatorio que explique algún proceso patológico. En todo el mundo, cardiólogos, reumatólogos, oncólogos, endocrinólogos, alergólogos, neurólogos... están enzarzados en una interminable conversación planetaria (cada vez más, vía internet y videoconferencias) y han llegado a una conclusión: que están estudiando distintas caras de un mismo proceso.

Como afirma el Dr. Paul Ridker, cardiólogo del renombrado Brigham Women’s Hospital, uno de los más prestigiosos expertos en inflamación a nivel mundial: «La investigación sobre la inflamación ha adquirido tales proporciones en el mundo que estamos a punto de vivir una auténtica avalancha de descubrimientos al respecto».

De momento, tras décadas de conjeturas, ya sabemos que la inflamación crónica es lo que hace que los depósitos de colesterol que recubren el interior de las arterias se vuelvan inestables y se rompan, estimulando la formación de coágulos capaces de provocar el bloqueo de un vaso y de desencadenar infartos e ictus. También sabemos que existe inflamación neuronal en la enfermedad de Alzheimer.

Incluso está demostrado que la inflamación está asociada a la formación de células anómalas capaces de transformarse en cancerosas. Nuevas investigaciones han empezado a demostrar la relación entre inflamación y diabetes del tipo 2.

En resumen: la inflamación crónica podría ser la «chispa» que inicia muchas de las enfermedades más temidas hoy en Occidente. Por muy terrible que pueda sonar eso, también conduce a una conclusión positiva: en lugar de aplicar distintos tratamientos para patologías asociadas a la inflamación crónica, quizá la ciencia podría diseñar un tratamiento preventivo único consistente en combatir o reducir la inflamación latente en esas patologías.

La hipótesis no carece de evidencias. De hecho, la Medicina ya está testando diversos AINE (antiinflamatorios no esteroideos, como la aspirina, el ibuprofeno, el naproxeno...) para ver si tienen beneficios que van más allá de las indicaciones conocidas.

Estudios con Celebrex (celecoxib) –un antiinflamatorio de nueva generación diseñado hace 4 años para tratar la inflamación de la artritis con menor riesgo de problemas gastrointestinales que la aspirina y el resto de los AINE– han revelado asimismo que los pacientes que lo toman tienen menos riesgo de desarrollar pólipos intestinales capaces de convertirse en cancerosos. Ahora, nuevas investigaciones intentan comprobar si dicho fármaco reduce también el riesgo de cáncer de mama.

Resultados imprevistos

Otras investigaciones han comprobado también que algunos medicamentos tienen efectos antiinflamatorios inesperados. Por ejemplo, a medida que los cardiólogos extienden más recetas de estatinas (fármacos para la hipercolesterolemia), se están dando cuenta de que son más eficaces de lo que se esperaba para prevenir ataques cardiacos. La explicación es que las estatinas no solo disminuyen los niveles de colesterol en sangre; también reducen la inflamación crónica. De resultas de esa evidencia, ahora los científicos están estudiando la eficacia de las estatinas en otros procesos inflamatorios, como la enfermedad de Alzheimer.

Recientemente, los científicos estudian también si dos familias de fármacos antihipertensivos (los betabloqueantes y los inhibidores de la enzima de conversión de la angiotensina o inhibidores ACE) controlan en parte la hipertensión porque reducen niveles de ciertos factores inflamatorios que constriñen los vasos sanguíneos.

Marisol Guisasola

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