¿Puede la inteligencia artificial ayudarnos a sentirnos menos solos?

¿Puede la inteligencia artificial ayudarnos a sentirnos menos solos?

Siempre me ha gustado esta frase, porque dice algo que veo a menudo en mi trabajo. Hay una soledad que se elige y hasta se disfruta: la del paseo sin prisa, la lectura tranquila, el rato de silencio con uno mismo. Con esa se puede pactar. Pero hay otra que nadie elige, la que llega cuando falta alguien con quien hablar, y esa no admite pactos. Es la que duele.

Más de una vez he oído a alguien decir, medio en broma, que no está solo porque tiene la tele puesta todo el día. La tele habla, sí. Pero no escucha.

La soledad es uno de esos temas de los que se habla mucho y se entiende poco. Solemos ponerle cara de persona mayor, y los datos dicen otra cosa. Según el Barómetro de la soledad no deseada en España 2024, de la Fundación ONCE y la Fundación AXA, una de cada cinco personas adultas se siente sola, y son los jóvenes quienes más la sufren. La Organización Mundial de la Salud, que en 2025 calculó que afecta a una de cada seis personas en el mundo, ya la trata como lo que es: un problema de salud.

Y en medio de todo esto ha llegado la inteligencia artificial. Está en el móvil, en esos altavoces a los que se les pide una canción, en programas con los que se puede charlar casi como con un conocido. La pregunta es inevitable: ¿nos puede ayudar a sentirnos menos solos? Mi respuesta, como casi todo en psicología, es que depende. Depende mucho de cómo la usemos.

Una cosa es estar solo y otra sentirse solo

Conozco personas que viven solas y tienen una vida llena, y otras rodeadas de familia que se sienten terriblemente solas. La soledad que duele es la que aparece cuando nos falta alguien con quien hablar de verdad, alguien a quien contarle lo que nos pasa y a quien de verdad le importe.

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Por eso, cuando me preguntan si una máquina puede «hacer compañía», suelo darle la vuelta a la pregunta. Lo que a mí me interesa es si nos ayuda a vivir como queremos y con la gente que queremos.

Dónde puede echar una mano

Creo que la inteligencia artificial ayuda más cuando hace de puente. Pensemos en alguien que ve poco o a quien le tiemblan las manos. Poder decir en voz alta «llama a mi hija» y que el teléfono lo haga es, sencillamente, recuperar algo que se había perdido. Lo mismo ocurre con dictar un mensaje para un nieto, preguntar qué talleres hay este mes en el centro de mayores o a qué hora sale el autobús de la excursión. Son cosas pequeñas, pero muchas veces marcan la diferencia entre quedarse en casa y salir.

Luego está la conversación en sí. Hay programas con los que se puede hablar de un libro, de aquella receta de la madre o de la noticia del día, y algunos estudios recientes indican que pueden aliviar la sensación de soledad, al menos a corto plazo. Lo digo con prudencia, porque la investigación es todavía muy joven.

Ya hay experiencias en marcha. En los Países Bajos, un pequeño robot llamado Tessa ayuda a personas con demencia leve a acordarse de comer o de sus citas. En Nueva York, la oficina estatal para las personas mayores ha repartido ElliQ, un robot de sobremesa que conversa y propone actividades, entre cientos de personas que viven solas. Y en España está AMY, un asistente de conversación para personas mayores que recuerda lo que cada uno ha querido contarle, para que la charla no empiece de cero cada día y se ajuste a sus gustos. Los menciono como ejemplos de un camino que acaba de empezar, no como recomendación. Todos ellos tendrán que demostrar su utilidad con estudios serios.

Lo que una máquina no hará nunca

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Una máquina no le va a dar un abrazo. No irá a verle al hospital ni se alegrará de verdad cuando nazca su nieta. Puede responder muy bien, pero no siente ni recuerda como una persona, y conviene no olvidarlo por muy amable que nos parezca.

Tampoco es un psicólogo ni un médico. Si la soledad viene acompañada de una tristeza que no se va o de pocas ganas de hacer cosas, lo que toca es hablarlo con el médico de familia o con un profesional de la psicología.

Y hay riesgos que no quiero callar. Algunas investigaciones señalan que quien usa estos programas de forma muy intensa puede acabar sintiéndose más solo, porque la máquina se convierte en un refugio en lugar de un puente. Está también la privacidad: conviene saber quién guarda lo que contamos y para qué, y no dar nunca datos del banco ni contraseñas. Y están los timos. Hoy se puede imitar la voz de un hijo o de un nieto con bastante facilidad, así que, si alguien llama pidiendo dinero con prisas, lo mejor es colgar y llamar usted a esa persona al número de siempre.

Si me pidieran un consejo

Le diría más o menos esto. Use la tecnología para acercarse a la gente: para llamar, para escribir, para apuntarse a algo o para retomar el contacto con ese amigo al que hace años que no ve. Si nota que pasa más horas con la pantalla y menos con las personas, pare un momento y piénselo. No le dé vergüenza pedir ayuda para empezar; un nieto, la biblioteca o los talleres digitales del ayuntamiento o del centro de mayores están para eso. Desconfíe de cualquiera que le meta prisa.

Y si la soledad le pesa, cuéntelo. No existe major ayuda que el poder expresar los sentimientos y emociones con alguien con quien sentirse escuchado.

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Al final, la soledad se alivia con personas: con la vecina que pregunta qué tal, con el grupo de paseo de las mañanas, con la llamada de los domingos. La inteligencia artificial puede ayudarnos a llegar hasta ellas.

Si sirve para eso, bienvenida sea.

Manuel Nevado Rey

Doctor en Ciencias de la Salud, psicólogo sanitario y profesor universitario. Director de Psicología de IBH.

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